Cuando “tener casa y playa” parecía normal: por qué antes del 2000 era más fácil que hoy

Segunda residencia en la costa española, apartamento con terraza frente al mar, típico de los años 90

Apartamentos de segunda residencia en la costa española, un modelo muy extendido entre las familias españolas antes del año 2000.

Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que en muchas familias españolas la idea de comprar una segunda residencia no sonaba descabellada. Primero se pagaba el piso “de diario” y, con paciencia, se miraba un apartamento en la costa o se arreglaba la casa del pueblo. No era una regla escrita, pero sí una expectativa realista para una parte amplia de la clase media.

Hoy, esa conversación ha desaparecido del día a día. No por falta de deseo, sino porque las condiciones que lo hacían posible han cambiado de raíz. Y no es solo una cuestión de nostalgia: los datos económicos, el territorio y la forma de vivir explican bastante bien por qué antes del año 2000 comprar una segunda residencia en España era más factible que ahora.


La clave que lo explica casi todo: vivienda vs salario

La diferencia más contundente está en el esfuerzo necesario para comprar vivienda. A finales de los años 80 y 90, el precio medio de una vivienda en España equivalía a algo menos de tres años de salario bruto, mientras que hoy esa cifra supera ampliamente los siete años. Este cambio no es una percepción subjetiva: Los indicadores del Banco de España permiten ver cómo, con el paso de los años, el acceso a la vivienda se ha ido complicando de manera sostenida.

Ahora ocurre lo contrario: para muchos hogares, toda la capacidad financiera se consume en el primer escalón, el de la vivienda principal. La segunda residencia deja de ser una posibilidad y pasa a ser una excepción.

A esto se suma que los salarios no han crecido al ritmo del precio de la vivienda. Mientras el valor del metro cuadrado se ha multiplicado desde los años 90, los sueldos han avanzado de forma mucho más lenta. El resultado es una pérdida clara de poder adquisitivo aplicado a vivienda, justo el activo que más pesa en el presupuesto familiar.


Antes del 2000: un mercado con más “zonas posibles”

Otro factor decisivo es el territorio. En los 80 y 90, España ofrecía muchas ubicaciones donde la segunda residencia era viable para rentas medias:

  • Pueblos del interior con viviendas baratas fruto de la despoblación.
  • Costas en expansión, con urbanizaciones nuevas y suelo aún disponible.
  • Sierras cercanas a grandes ciudades, pensadas para fines de semana.

No se buscaba lujo ni diseño icónico. Bastaba con un apartamento sencillo, muchas veces sin ascensor, o una casa antigua a reformar poco a poco. El listón de entrada era bajo y la expectativa de uso, clara: veranos largos, puentes, vacaciones escolares.

Hoy ese mapa ha cambiado. Gran parte de las zonas costeras se han globalizado: compiten compradores nacionales con europeos de mayor poder adquisitivo. Y en el interior, aunque siguen existiendo casas baratas, el coste de rehabilitación, la eficiencia energética y el mantenimiento elevan mucho la inversión real.


Crédito, expectativas y el “ladrillo” como refugio

Aunque los tipos de interés fueron altos en parte de los años 90, el precio de compra era menor y la inflación jugaba a favor del deudor. Además, la vivienda se percibía como el refugio por excelencia: estabilidad, patrimonio familiar y herencia para los hijos.

Con la llegada del euro y la bajada de tipos, el crédito se normalizó y luego se desbordó en los primeros años 2000. Muchas segundas residencias se compraron entonces, apoyadas en hipotecas largas y una fuerte expectativa de revalorización.

Tras la crisis de 2008, el péndulo cambió: la financiación se endureció, las entradas exigidas aumentaron y la segunda residencia pasó a considerarse un riesgo que solo algunos podían asumir con tranquilidad.



La casa del pueblo: la gran “segunda residencia invisible”

Hay un elemento que suele olvidarse: muchas segundas residencias no se compraron, se heredaron. La casa familiar en el pueblo funcionó durante décadas como vivienda vacacional sin necesidad de inversión inmobiliaria.

Ese fenómeno fue masivo. La migración del campo a la ciudad dejó millones de viviendas en pueblos que pasaron a usarse solo en vacaciones. Eso construyó la sensación colectiva de que “tener segunda residencia” era algo habitual, cuando en realidad muchas veces era una herencia mantenida.

Hoy, con menos vínculos rurales y menos herencias repartidas, esa vía se ha reducido. Además, muchas de esas casas heredadas se venden o se alquilan porque mantenerlas ya no resulta sencillo.


Cambios en la forma de vivir y viajar

La segunda residencia también encajaba mejor en el estilo de vida de entonces. Las vacaciones eran largas y repetitivas: agosto entero en el mismo sitio. La propiedad tenía sentido.

Hoy, el ocio es más fragmentado. Escapadas cortas, viajes internacionales y alquiler vacacional han sustituido parte del uso tradicional de la segunda vivienda. Para muchas familias, alquilar resulta más flexible y menos arriesgado que comprar.

Esto no significa que el deseo de “un sitio propio” haya desaparecido, sino que el equilibrio entre coste, uso real y libertad se ha desplazado.


El impacto del alquiler turístico

El auge del alquiler turístico ha añadido una capa más de complejidad. Muchas viviendas que antes habrían salido a la venta como segunda residencia ahora se mantienen como activo rentable. Esto reduce oferta, eleva precios en zonas tensionadas y transforma la segunda vivienda en producto de inversión, no solo de disfrute.

Para el comprador tradicional, esto supone competir con perfiles que buscan rentabilidad, no necesariamente uso personal.



Reflexión final

La segunda residencia funciona como un termómetro social. Cuando una familia media puede planteársela, algo va razonablemente bien. Cuando desaparece del horizonte, el problema no es el deseo, sino el sistema que lo hace inalcanzable.

Antes del 2000 no todo era fácil, pero el equilibrio entre ingresos, precios y expectativas permitía soñar con “casa y playa”. Hoy ese sueño no ha muerto: se ha encogido. Y entender por qué es el primer paso para decidir, con realismo, cómo y dónde queremos habitar nuestro tiempo libre.


Comprar una segunda residencia hoy: decidir bien el momento y el enfoque

Hoy, pensar en una segunda residencia implica tomar decisiones con más calma y más números que hace años. Por un lado, conviene valorar si comprar vivienda en 2025 es mejor opción que esperar a 2026, en un mercado donde los precios siguen ajustados y la oferta es limitada. Al mismo tiempo, es importante conocer con antelación las ayudas a la vivienda previstas para 2026, ya que en algunos casos pueden facilitar la operación o cambiar el tipo de vivienda al que se puede acceder. Y, por último, merece la pena preguntarse si invertir en segundas residencias tiene sentido más allá del uso personal, teniendo en cuenta costes, posibles ingresos y riesgos reales. Estas tres cuestiones están directamente relacionadas con lo que ha cambiado respecto al pasado: hoy la segunda residencia no se compra por inercia, sino como una decisión meditada y bien encajada en el contexto actual.


Preguntas frecuentes

1. ¿Antes del 2000 era fácil para todo el mundo comprar una segunda residencia?
No. Nunca fue universal. Pero sí era posible para una parte amplia de la clase media, algo que hoy es claramente minoritario.

2. ¿El problema actual es solo el precio?
No. Es la suma de precio, salarios, financiación, costes de mantenimiento y uso real. El paquete completo pesa mucho más que antes.

3. ¿Sigue habiendo zonas “asequibles”?
Sí, sobre todo en interior. Pero hay que contar reforma, energía y liquidez futura. Lo barato ya no lo es tanto.

4. ¿Compensa más alquilar que comprar?
Para muchos hogares, sí. Especialmente si el uso anual es limitado o variable.

5. ¿La segunda residencia volverá a ser accesible?
Dependerá de salarios, oferta real de vivienda y políticas de suelo. A corto plazo, no parece probable.

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